viernes, 28 de septiembre de 2018

GANAR SIN LUCHAR

Cuantas veces al cabo del día nos gana el caballo? Infinitas. Porque cada vez que tiramos de la rienda, el caballo tira y nos gana al menos al primer intento.

De cuantas somos conscientes? De poquísimas.

La cuestión está en el grado de incomodidad que nos supone.

Nos ganan aunque no lo parezca. No le echamos cuenta. Nos conformamos con ello porque no sabemos qué hacer.

Sólo cuando nos resulta muy incómodo, buscamos el ganarle….. por la fuerza. Y acabamos ganando mas o menos (mas menos que mas) al cabo de un rato de pelea, además, perdida. Y ese tiempo de pelea seremos capaces de repetirlo cada vez en la misma situación. Mientras dura la pelea el caballo, mentalmente, sabe que nos gana y además, estamos entrenándole a que haga lo que no nos interesa. Se le está creando una memoria muscular contraria a la que debe ser.

Queramos o no, estamos continuamente echando un pulso con el caballo. Nosotros utilizamos nuestro brazos y el caballo su balancín. Quien tiene todas las de ganar? El caballo siempre (2ª ley de Newton: nuestros brazos pueden pesar, los dos, 15 kilos, y el balancín del caballo sobre los 75, 50+25).  El pulso desaparece al cambiar –sabiamente- el ángulo de la rienda (sabiamente porque conocemos, y aplicamos debidamente, las leyes de Newton y alguna mas).

Cuándo está dispuesto a obedecer? Cuando nuestros gestos son totalmente inteligibles para él. Conclusión: el montar bien consiste en aprender a hacer gestos correctos para que el caballo me entienda.

El aire ideal para aprender y enseñar? Sin lugar a dudas, el paso.
Y por qué no el trote o el galope? Por la inercia y la gravedad (fuerzas externas), por nuestros continuos cambios de equilibrio, y por lo difícil que nos resulta poner en el mejor equilibrio al caballo.

Hay momentos en que la lucha hay que plantearla (lucha porque la resistencia del caballo es la de una masa diez veces la nuestra). Pero sabiendo de antemano que vamos a ganar nosotros:  llave de jiujitsu (incurvar o doblar), riendas de palo, ayudante peatón. O, sencillamente, adelante, adelante, adelante. 

 El caballo, que no es consciente de sus posibilidades, sobre todo la de poder tratarnos como un pelele si lo supiera, hemos de evitar que la descubra. Ejemplos: son las manías que cogen: se resiste a pasar o acercarse a un punto  y que nos afectan en tiempos y lugares muy concretos. O siempre los mismos. Y es  por la falta del sentido del futuro  que el caballo las concretiza en el aquí y ahora, la única conciencia que tiene.

Acabo por donde debiera haber empezado esta exposición con la primera pregunta que nos hemos de plantear: ¿es necesaria la lucha en la educación del caballo? La respuesta correcta es: no es que sea necesaria sino que es inevitable. Y respondo con la pregunta que les he hecho a gran cantidad de padres sobre la educación de sus hijos antes de llegar al uso de razón (que yo lo interpreto a cuando empiezan a tener sentido del futuro): ¿en la educación de tus hijos pequeños, cuantas veces has utilizado la fuerza? La respuesta de todos es que muy esporádicamente. Y yo les respondo que la utilizan a diario muchas mas veces de las que creen. Lo que ocurre es que lo que para ellos no es fuerza, para el niño sí es fuerza y totalmente persuasiva. Y ¿cuál es la diferencia entre niños y caballos educandos? La relación de masas respecto a la nuestra –el educador-- y que es la inversa: el niño pesa la décima parte de nosotros y nosotros la décima parte del caballo. De aquí surgió, desde el principio de la domesticación, la necesidad de utilizar instrumentos persuasivos como anillos nasales, embocaduras, serretas, etc., para poder controlar al caballo.

PEDRO FERNANDEZ DE ANDRADA, en 1599, nos dice cómo someter/educar al caballo utilizando una metáfora perfecta: “Hazle en el cerebro la mortal herida”; queriéndonos decir que nunca hay que utilizar la fuerza con el caballo para ganarle.

JEAN LICART (para mí SAN LICART) en “Perfectionnament Equestre” nos da la clave de por qué no hay que utilizar la fuerza con el caballo: tan sencillo como por el hecho de ser una masa transportada sin ningún punto de apoyo exterior (caso igual al de la bicicleta y que hace 200 años, cuando apareció sin pedales, se le conocía como “caballo económico”). “No es por la fuerza como se le debe mandar inteligentemente al caballo, sino sobre su equilibrio, sobre las disposiciones y movimientos de la columna vertebral del caballo, sobre los gestos del cuello y de los miembros” acaba diciendo SAN LICART. El gran problema es que primero hay que saber con precisión, para luego hacer correctamente para que el caballo nos entienda.

¿Maneras de ganar sin luchar? Vendrá a continuación.

Paz y espero que le sirva a alguien